La otra noche lloviznaba, yo volvía del laburo, cansado, como ocurre todos los años a esta altura del calendario. Venía por la bajada Sarmiento, venía subiendo, o sea sería la subida Sarmiento, y al pasar frente al suntuoso edificio levantado allí, sólo con las gotas que golpeaban el piso a un ritmo cadencioso como testigos, descubrí que allí abajo o adentro, seguía vivo, aún permanecía, y se escuchaban esas voces que no acallarán nunca: el viejo Phil Collins, INXS, Miguel Abuelo, Fede Moura, Mateos, Charly, Farham, Miguelito Jackson… El Viejo Galeón sigue allí, lo comprobé, sólo le cambiaron la cara y, me dieron ganas de entrar una vez más, pero para no discutir con el obsceno portero que me miraba como se mira a un imprescindible sospechoso, me acomodé los audífonos y seguí camino en complicidad con la música que presenta Nelson Benavídez en Esta Es La Noche…

allí estaba el Viejo Galeón

El chofer buscó el sitio más cómodo para estacionar, se inventó una banquina favorecido por una mañana espléndida, sin una mínima niebla, con un sol que anunciaba quedarse para siempre. El chofer no estaba convencido del todo, pero el boleto decía Unacolina y allí debía dejarlos descender. Sólo eran dos pasajeros y no iba a quebrar la paz de ese viaje, su último viaje antes de jubilarse. Mara se puso los anteojos para sol y colgó su bolso en uno de sus hombros, y contempló el panorama, amplio, límpido, recorriéndolo de lado a lado, pero evitando la mirada de Juan que, a la inversa, evitaba el panorama para contemplar el rostro de ella.

Tenían que hablar, era imposible continuar fingiendo cuando habían hecho novecientos ochenta kilómetros, una desde el norte, el otro desde el sur, y aunque ni siquiera habían cruzado miradas en el viaje, estaban solos en ese paraíso terrenal atravesado por una ruta por la cual no se sabía si en los próximos días, meses o años, pasaría algún vehículo. Mara, algo incómoda, por supuesto, extrajo de su bolso una cámara fotográfica y empezó a tomar instantáneas mientras le decía, a modo de protesta que la jefa de redacción de la revista donde trabajaba estaba desquiciada, que le habían prometido que se había reservado un parador, que los desayunos, los almuerzos y las cenas estaban pagos, que hasta allí llegaban turistas de todo el mundo y que se quedara seis días tomando nota de todo cuanto viera a su alrededor. Juan, que tenía una obsesión por los nombres, le dijo el suyo y le preguntó el de ella, y dijo que no tenía trabajo, que la semana anterior había soñado con un hombre con cara de sabio, o al menos él creía que esa cara que tenía el hombre del sueño era de sabio, y que ese hombre le decía en sueños que tomara todos sus ahorros y fuera hasta allí, porque su vida iba a cambiar para siempre.

Se preguntaron qué iban a hacer allí donde sólo el suelo terminaba en el cielo y el cielo comenzaba en el suelo. Habían pasado cuatro horas cuando decidieron sentarse a comer de las viandas que les habían dado en el colectivo, y mientras comían y bebían de la botella que ella había guardado en su bolso, Mara dijo que dejaría las últimas fotos para la tarde, con otra luz, con otro color del día, y sin un enchufe para el cargador de baterías. Y así fue, porque finalmente los atrapó el atardecer cuando ya se habían contado algunas cosas de sus vidas, las cosas que ellos eligieron contarse, tal vez para no temerse mutuamente con la llegada de la noche.

Curiosamente, con la aparición de las primeras estrellas y el asomo incipiente de una gigantesca luna plateada, no sintieron el frío que suele aparecer como un manto despiadado en ese tipo de parajes desérticos. Mientras los ojos se iban acomodando a la penumbra, fueron maravillándose por la transparencia de ese universo propio y ajeno a la vez, se recostaron en el césped con la mirada hacia arriba, hacia el infinito, y se confesaron que con el vértigo que viven en sus respectivas ciudades, hacía años que no descansaban así. En esa pantalla natural podían ver que todo estaba quieto, pero podían sentir que todo se movía eternamente: los planetas, los cometas. Cuando empezaron a oír las primeras voces y esa música lejana, pero nítida hasta la perfección, Mara se atrevió a tomarle la mano a Juan,  Juan se atrevió a dejarse tomar su mano. Mara no temía, estaba maravillada y Juan la tranquilizó aún más diciendo que todo era natural, que frecuencias sueltas, olvidadas, de radio, navegan constantemente por el universo. Todo era a prueba de la física y de la asombrosa creación del hombre en ese espacio alguna vez solitario y oscuro. Reconocieron una canción de las que inundaban la vida en los años ochenta, y tararearon a coro, bajito, y hasta se animaron a adelantarse a alguna letra, y así hasta que se quedaron dormidos.

El resplandor del sol les hizo saber que ya podían despertar y los bocinazos del anciano de la camioneta desvencijada los sorprendió bastante. El hombre preguntó si habían tenido algún accidente y les dijo que los podía alcanzar hasta la ciudad. Aceptaron. Llegaron a Ciudad Frontera y en su terminal de ómnibus se despidieron.

Fue un mes después que Juan, volviendo de una entrevista laboral, vio la tapa de la revista: “Un hombre que ya no está solo”, decía el título y en la foto, él y ese paisaje sobrecogedor de Unacolina. Compró un ejemplar y en el colectivo leyó la nota. Al cerrar la revista supo que ni bien llegara a su casa se sentaría frente a la computadora y escribiría un correo electrónico a: mara@naturalworld.com

nocturno